Los acontecimientos de Irán resultan amargos y familiares. A estas alturas, es casi un ritual que, cada dos años, el enorme descontento desborde las protestas por causas concretas y se transforme en un movimiento más espectacular que se extiende por todo el país. Los motivos de queja son reales, como también lo es la represión. La economía de Irán, en unos cuantos aspectos, está en caída libre desde hace tiempo, como consecuencia de varias décadas de mala gestión y corrupción, pero también de las sanciones estadounidenses. El resultado es una situación que prácticamente nadie puede seguir soportando; por eso, a pesar de todos los demás problemas, la economía es lo que provoca una furia casi universal.
