La brutal respuesta del régimen iraní a las protestas populares parece haber silenciado las calles, por ahora. Ni la crisis está cerrada, ni la amenaza de ayuda de Donald Trump a los manifestantes permiten respirar tranquilos a los dirigentes. Las cifras iniciales de muertos y detenidos agrandan aún más la brecha entre la población y la oligarquía gobernante. Algunos comentaristas y gran parte de la diáspora iraní anuncian el inminente colapso de la República Islámica. Nadie tiene una bola de cristal, pero la valentía de los manifestantes que se exponen al aparato de represión es insuficiente para que triunfe la revuelta. Salvo una fractura en la cúpula, una acción exterior tampoco asegura el éxito.
