Desde hace semanas son la comidilla de Turquía. Las conversaciones sobre porros del nuevo presidente del Fenerbahçe con una conocida presentadora de televisión; la habitación cubierta de espejos en la que un prominente periodista, hijo de un islamista radical, supuestamente organizaba orgías con otras colegas; la cámara secreta, presuntamente para ponerse hasta las trancas, del hotel Bebek, famosa casa de encuentros privados de la jet set estambulí; la detención de tal actor o tal cantante en la última redada antidroga. Se comenta entre amigos, en las cenas, esperando a los hijos a la puerta del colegio, por lo bajinis, con cierto sonrojo, pero evidente morbo, regodeándose en la caída en desgracia de tal o cual celebridad en un momento en que el país atraviesa una dura crisis económica. Los ricos —los muy ricos de Turquía— también lloran. Puro schadenfreude.
