Dicen sus biógrafos que en el fondo quiere ser Madonna, pero no pasa de ser un lanzallamas salvaje. Trump tiene un ego rampante con más necesidad de atención que un niño recién destetado. Adicto a la hipérbole, posee un retrato de tamaño natural en una de sus mansiones titulado El visionario. Como gracia divina exhibe un gaseoso parloteo con términos como fantástico, extraordinario, asombroso, brutal, estupendo, formidable, magnífico, increíble y varios sinónimos de enorme. Es un folclórico, un narciso cínico que cumple a rajatabla su primera y única regla: nunca ser aburrido.
