El primer lugar en el que probó suerte Ahmed, el nombre ficticio de un joven egipcio de 25 años que habló con EL PAÍS bajo condición de anonimato por seguridad, fue en Libia. Llegó en julio y se puso a buscar trabajo de inmediato, pero no encontró nada que no estuviera mal pagado. Tres meses después, sin empleo estable y gastándose el dinero que le había prestado su padre, el estancamiento se volvió evidente. Y fue entonces, recuerda, cuando su hermano mayor le sugirió que, sin ninguna fuente de ingresos, quizás podía plantearse “viajar”.
