Los drones se han convertido en una presencia amenazadora en las ciudades de Irán, al igual que el estruendo de los bombardeos y las columnas de humo que se elevan en el cielo de un país donde en las dos semanas de guerra que se cumplieron este sábado ya han muerto 1.444 personas. Otras 18.551 han resultado heridas, según el Ministerio de Sanidad iraní. Mientras la lista de víctimas crece, la esperanza de algunos iraníes de que una intervención militar extranjera les trajera la libertad se desvanece. La presencia ominosa de esos aparatos no tripulados ha sumado un nuevo temor a sus preocupaciones, porque muchas veces “las víctimas” de esta guerra “son los civiles, como en la escuela de Minab”, dice Ladan, una mujer de Shiraz, en el sur de Irán. Tanto Ladan como el resto de entrevistados para este artículo han hablado con EL PAÍS por mensajes de Telegram.

