El 26 de mayo del año 661, noche 19 del mes del ayuno sagrado o Ramadán según el calendario islámico, Abdul Rahman Bin Mulyam, un rebelde jariyí, trocó para siempre la historia del islam. Iniciado el rezo del Fayr, la primera de las cinco oraciones diarias, sacó de su cintura una daga y la clavó sobre la espalda de Ali Bin Talib, cuarto y último califa de todos los musulmanes, primo del profeta Mahoma y esposo de su hija más querida, Fatimah Bint al Zahra. La sangre tiñó de carmesí las vívidas alfombras de lana de la gran mezquita de Kufa, en el sur de lo que hoy es Irak, y la religión fundada por Mahoma se dividió en dos brazos irreconciliables: los suníes, mayoritarios en la actualidad, y los chiíes ―o seguidores de Ali― asentados principalmente en la antigua Persia y que consideran su estirpe la legítima heredera del enviado de Dios.
