La guerra emprendida contra Irán por los estadounidenses e israelíes, con la logística militar y los centros de inteligencia más eficaces y poderosos del planeta, se antojaba rápida y fulminante. Bastaría, de entrada, una maniobra de control total del cielo y su sólida red de espías infiltrados en el mismísimo corazón del poder iraní, para poder aniquilar a las fuerzas y a los dirigentes del país. Los objetivos de la guerra fueron divulgados desde el inicio de la ofensiva: la imposición de un cambio de régimen político en Irán, previa destrucción de sus infraestructuras militares (capacidades de defensa aérea y bases de lanzamiento de misiles), desencadenando una campaña de asesinatos contra sus dirigentes, mientras se fomentaba revueltas populares que coronarían la operación de liberación militar. Los asesinatos (Ali Jameneí, Ali Larijani ) marcan la identidad de la aventura bélica de Benjamin Netanyahu y los halcones estadounidenses. Donald Trump se ha plegado de buen grado a la visión israelí sobre Irán y Oriente Medio, que utiliza el caos generado en torno al territorio de Israel como única garantía de seguridad. Y actúa con absoluto desprecio del derecho internacional, convirtiendo definitivamente la guerra preventiva —aquella respaldada por el trío de las Azores— en la norma y el derecho del más fuerte, en la ley.
