Hace algo más de cuatro años, cuando Rusia todavía no había invadido Ucrania pero daba señales de querer hacerlo, el presidente francés, Emmanuel Macron, visitó al ruso Vladímir Putin en el Kremlin para tratar de frenar sus ansias imperialistas. El autócrata sentó a aquel resuelto Júpiter en el extremo contrario de una gigantesca mesa blanca, en una conversación que resultó inútil para disuadir al ruso. Esa mesa fue, y sigue siendo, un símbolo de la enorme distancia entre Rusia y Occidente, que congeló sus vínculos con Moscú poco después del inicio de la contienda.
