En Irán hoy en día, la cuestión central no es quién reemplazaría mañana al líder supremo Ali Jameneí, sino quiénes están hoy mejor situados para decidir cómo se gestionaría ese relevo si la cúspide del sistema quedara súbitamente abierta. La pregunta importa porque, en la República Islámica, una transición de ese tipo no sería solo un problema constitucional. Sería, sobre todo, una prueba de cohesión entre instituciones, facciones y aparatos de seguridad. Y esa prueba ya ha comenzado, aunque nadie la anuncie como tal.
